La masacre de los estudiantes y trabajadores chilenos que nunca hay que olvidar

Esto es una reflexión de la crónica, Los asesinos del Seguro Obrero, escrita por Carlos Droguett. Me lo pidió la premio nacional de periodismo Faride Zerán, en la Casa Central de la U. de Chile, el mismo edificio donde ocurrió esta terrible historia hace 78 años atrás.

“Esto no es un libro, no es un relato, un pedazo de la imaginación, es la sangre, toda la sangre vertida entonces que entrego ahora, sin cambiarle nada”, así advirtió el escritor Carlos Droguett en el prólogo de su opera prima, cuando él tenía 26 años.

La cruda crónica de La Matanza del Seguro Obrero, publicada en La Segunda en el 40, no podía ser menos feroz y menos violento. Esa sensación de impotencia y dolor que provoca leer la detallada historia de un grupo de estudiantes y trabajadores asesinados, violentamente y de forma burlesca. Otra vez, por soldados del ejército chileno.

El lunes 5 de septiembre de 1938, uniformados, por orden del Presidente –que se encontraba en su segundo gobierno- Arturo Alessandri Palma. Entraron a la fuerza a la Casa Central de la Universidad de Chile. También entraron con prepotencia al edificio del Seguro Obrero.

“Caídas las puertas, se metieron por ella los hombres uniformados de verde, con sus terribles armas rabiosas, y desgarraron y balearon sobre cada par de ojos que los miraba, sobre cada oreja  que los oía, sobre cada cuerpo que los atestiguaba. Siete muertos hubo ahí, pero no siete cadáveres. Solo quedaron muchos pedazos de cadáver”, así describió Droguett como mataron a los estudiantes, que pensaban diferente al poder, los que se tomaron la universidad.

El joven cronista hizo la historia tan suya, que el dolor traspasa las líneas y las generaciones. 78 años después, leer sobre esas muertes, y volver esa misma universidad violentada por el totalitarismo. Sí, se sienten escalofríos y dolor.

En el 38 en Chile, estaban a ad portas de una elección presidencial. Y los alumnos, nacional socialistas, quisieron ser parte de un golpe de estado, quisieron ser parte de la historia. Por eso tanta brutalidad. Por esa razón, los uniformados decidieron arrancar la vida de sus cuerpos. El radical, Pedro “Don Tinto” Aguirre Cerda, ganó esa elección.

Los jóvenes estudiantes que se tomaron la Casa Central de la Universidad de Chile, son llevados al edificio del Seguro Obrero. Son 63 en total. Carabineros los acribilló. Ellos no opusieron resistencia.

“’Muerto todos los revoltosos’, decía el diario que compramos en la tarde. Me sentía con pena, con rabia.  Con pena. Siempre he creído que para ser absolutamente bueno. Es necesario. Es obligatorio casi, odiar a alguien”, escribió Droguett desde lo más profundo de su rabia.

“Subió un oficial y dijo ‘ya niños, acabemos con esto. Terminemos con esto y se sintió un solo guaracazo no má. Balas, detonaciones. Yo caí al suelo, porque creí que estaba herido. Tenía tres cuerpos en las piernas. Y uno, el Pedro Molleda –de 19 años-, la cabeza de él, me quedaba en toda la cabeza mía. Así que los pacos me miraban, me veían lleno de sangre. Decían ‘¡este ya está liquidado ya!’”, contó en una entrevista Carlos Pizarro. Uno de los cuatro sobrevivientes de la cobarde masacre. Muere en el 98, tenía 82 años.

En la matanza obrera habían revolucionarios, así como Droguett. Aplastados por el poder, así como Droguett. Quizás por eso escribió su primer libro con tanta rabia, con tanta fuerza. Por eso lo seguimos leyendo, para no olvidar. Es como una gran pesadilla que aún no termina. En el país no fue ni la primera matanza y tampoco fue la última. “El escritor que no escribe por la justicia, es un despojador de los débiles, un ladrón”, dijo en una conversación en el 75. Es tan cierto, que duele.

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